Citlaltépetl – La gran maestra (Pico de Orizaba)

Citlaltépetl – La gran maestra (Pico de Orizaba)

“Vive tu vida como si subieras una montaña. De vez en cuando mira la cumbre, pero más importante es admirar las cosas bellas del camino. Sube despacio, firme, y disfruta cada momento. Las vistas desde la cima serán el regalo perfecto tras el viaje.” – Harold V. Melchert. Hace un año que empecé a realizar montañismo, jamás me imaginé que esta actividad fuera a cambiar mi vida.

Y es que lo que comenzó como “una actividad física más” se convertiría no solo en una pasión sino que también en una filosofía de vida, una filosofía inculcada por viejas y sabias maestras, las montañas. Este fin de semana pasado, un grupo de buenos amigos y yo, tuvimos la oportunidad de subir una de las montañas más hermosas y retadoras de México (¡y de América!), una montaña que iba a demandar lo mejor de nosotros tanto en lo físico, mental y espiritual. El Citlaltepetl (o Pico de Orizaba) nos recibía con los brazos abiertos, expectante pero a la vez con curiosidad, seguramente preguntándose si teníamos lo necesario para llegar hasta su cumbre.


Al salir de Tlachichuca rumbo al Refugio de Piedra ubicado a las faldas del volcán, los nervios y la incertidumbre empezaron a apoderarse de mí poco a poco. Mientras más trataba de luchar contra esa ansiedad, parecía que ganaba más y más terreno dentro de mi mente. Fue un largo camino hasta la base de la montaña para mí. La situación mejoró un poco al instalarme en las literas con la compañía de un té de limón caliente, cortesía de nuestros experimentados guías. Después de calmar un poco los nervios decidí salir del Refugio para ver directamente a los ojos al Pico de Orizaba. El clima nuboso y frío de ese día hacía imposible tener una vista clara de la montaña pero el Glaciar Jamapa mostraba su hermosura iluminado tenuemente por unos pocos rayos de sol que se lograban colar entre las nubes. Sentí una atracción inmediata, algo así como amor a primera vista, la montaña me llamaba.

Los guías nos llamaron para la cena por eso de las 5 de la tarde. Sentados en una mesa dentro del Refugio, degustamos un exquisito plato de arroz con pollo, mismo que alimentó nuestro hambreado cuerpo pero también nuestra inquieta mente. A las 7 de la noche mi equipo y yo nos disponíamos a descansar un poco ya que a las 12 de la madrugada teníamos previsto levantarnos para salir lo antes posible, ya que el meteorológico marcaba la entrada de un frente frío, mismo que amenazaba con traer consigo lluvias que había que evitar a toda costa.
No pasé una noche nada placentera y mucho menos logré conciliar el sueño. La emoción y nervios se metieron al sleeping conmigo. Una duda en particular me invadió… ¿Iba a ser capaz de subir mi primera montaña arriba de los 5,000 metros? Pensamientos de derrota me empezaron a invadir. A las 12 de la mañana, sin dormir y con más dudas que certezas empecé a preparar todo mi equipo. A la 1:30 de la mañana empezamos el ascenso.

Las primeras 3 horas fueron las más complicadas. Había que acostumbrarse al peso de la mochila, a la altura, al frío y a la pendiente de la montaña que calaba duro en los chamorros. Fue una caminata en la que estuve a punto de tirar la toalla pero gracias a Dios no lo hice. Caminamos durante varias horas acompañados de nuestros pensamientos y de un hermoso cielo estrellado. Varios de mis compañeros (de Monterrey y Xilitla, ciudades de poca altura) empezaron a sentir el rigor de la altura, dos de ellos particularmente se veían muy mermados, yo juré que no lograrían llegar hasta la cima.

El mayor reto se nos presentó cuando los guías nos avisaron que íbamos a empezar el ascenso del famoso glaciar. Mi equipo (un amigo de Monterrey, un guía y yo) fue el primero en salir hacia la conquista. La noche ocultaba totalmente el glaciar por lo que nos era imposible vislumbrar la enormidad del mismo. El viento empezó a arreciar, la temperatura bajaba y nosotros no parábamos de caminar en una pendiente que parecía interminable. Finalmente, como por ahí de las 6:40 am el sol empezó a salir en el horizonte iluminando toda la montaña. Al ver todo lo que habíamos recorrido pero sobre todo, todo lo que nos faltaba recorrer casi me desmayo, decidí no voltear a ver hacia arriba y solo enfocarme en dar un paso a la vez. Caminábamos y caminábamos y el glaciar parecía no terminar, las fuerzas físicas y mentales iban decayendo con cada paso que dábamos, estábamos a punto de rendirnos cuando Edgar nuestro guía nos avisó que estábamos por terminar el ascenso del glaciar y que nos esperaba una vista increíble del cráter y de la cima.

El ver el cráter y poder observar la cima a unos pocos metros de distancia, nos devolvió un poco de la fuerza que el glaciar nos había drenado. Fueron los pasos más emotivos que había yo dado en mi vida (no exagero), finalmente después de 7 horas y media de ascenso, de pensamientos de derrota y dudas, de insomnios y de mareos habíamos llegado a la cima del Pico de Orizaba, la emoción fue tal que después de fundirme en un abrazo fraternal con mi equipo, me tiré al suelo a llorar como hacía mucho no lo había hecho. Era una mezcla de alivio, alegría, orgullo, satisfacción y logro. De verdad que es una sensación de éxtasis la que uno vive allá arriba. La vista además que la montaña te regala desde la cima es hermosamente indescriptible. Todo mi equipo logró llegar a la cumbre.


Sin duda el Pico de Orizaba sacó lo peor y lo mejor de mí, me fortaleció como ser humano, me enseñó que los retos están para superarse, que tenemos la capacidad de sacar adelante lo que se nos ponga enfrente, me enseñó que para llegar a la cima se necesita de un equipo que te apoye y que tu apoyes, que a los miedos hay que mirarlos a los ojos y no darles la vuelta. Me enseñó que por más larga o empinada que sea la caminata, con pasos firmes en la dirección correcta se puede llegar a casi cualquier lado, que la preparación, dedicación y esfuerzo tienen sus recompensas y que todos, absolutamente todos, tenemos la capacidad de lograr nuestros sueños si así nos lo proponemos. Muchas muchas gracias Citlaltépetl, porque gracias a ti hoy soy más fuerte.

Por: Memo Galarza, México

 

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